sábado, 28 de abril de 2012

¡Escribir!

¿Escribir? Ay... ¡escribir! Es un acto de reflexión, confrontación y asinceramiento. Asinceramiento, sí; cuando se escribe se pueden inventar palabras. Escribir es un acto de creación, de invención y de descubrimiento. Mientras se escribe se van descubriendo palabras, estilos y mundos. La verdad no sé si el universo de lo escrito se crea, se inventa o se descubre. No sé si hay anaqueles en la biblioteca que algunos llaman universo (cf. Borges) con obras esperando a ser escritas. No sé si sólo hay un vacío y eso ofrece múltiples posibilidades de creación. No sé si lo que escribimos sólo es una reformulación de lo que hemos leído, vivido y escuchado durante nuestra vida; en ese caso lo que se inventa es la manera de decirlo. Escribir es tejer. Escribir es acomodar. Escribir es jugar con lego para armar una obra: cada vez es original pero parte de piezas dadas, estudiadas y trabajadas. Escribir también es dialogar con esas piezas, con los hilos, con el conocimiento, con la cultura, con las lecturas hechas, con las ideas incubadas, etcétera. Etcétera... ¡claro! Escribir es finalizar con un largo etcétera los días de la hermosa vida. 

"Retrato de Erasmo de Rotterdam"
Quentin Massys

jueves, 26 de abril de 2012

True Cover

En uno de tantos infomerciales de televisión abierta se anuncia un nuevo y efectivo maquillaje. Se llama True Cover y su propósito es cubrir manchas de nacimiento, cicatrices --aun las más grandes y profundas--, acné, ojeras, pecas, lunares, etc. También existe la versión para piernas capaz de ocultar estrías, celulitis, varices, moretones y demás. 

La promesa es cubrir por completo, como si no existieran esos "defectos". La promesa es ocultar. La oferta, parafraseando, es "hacer salir la belleza real". La persona con manchas se vuelve casi un mártir de su situación y condición física: nació con esas marcas, nació con esa predisposición genética para tener acné o celulitis. Tiene un problema y True Cover puede ayudar. 

Podría lamentarme sobre la sociedad posmoderna superficial; podría desmitificar las características publicitarias de los infomerciales de este producto. Me limitaré a un par de comentarios sobre detalles que me parecieron muy curiosos. Primero, la frase que yo parafraseo pero aun así mantiene la esencia de lo que los anunciantes quisieron decir: el producto "hace salir la belleza real". Me parece una frase cínicamente paradójica  pues la belleza real debería corresponder a la realidad. ¿Una piel sin un rastro de imperfecciones de cualquier tipo realmente corresponde a la realidad? La piel está expuesta a cambios de climas, contaminación, luz solar. La piel refleja el paso del tiempo, los cambios alimenticios, los estados de ánimo. ¡Eso me parece muy real! El comercial, en cambio, planeta la belleza real como la perfección plástica. Las características específicas de la piel de una persona pueden atentar contra esa perfección. Atentan contra la belleza entonces y hay que remediarlo. Por supuesto, el producto, su publicidad e incluso los clientes de aquél responden a un modelo de belleza estandarizado y generalizado. Claro que también hay que considerar que en su idioma original, el comercial debería decir "true beauty", y en ese caso dicho adjetivo habría sido seleccionado por su correspondencia con  el nombre del producto: True Cover to get true beauty.


Otro detalle: gran parte de los productos que he visto anunciados en la televisión o en el supermercado hacen la promesa de reparar un problema, solucionarlo de raíz, disminuir su apariencia. True Cover sólo lo oculta: no pretende arreglarlo permanentemente, sólo cubrirlo desde que una persona sale de su casa hasta que vuelve a regresar a ella. No importa que la mancha, cicatriz o lo que sea siga ahí, lo que importa es que no se note: el gran hit de las apariencias, ¿no? Mientras se está fuera de casa y se usa el maquillaje, uno puede resaltar su "belleza real". Cuando se vuelve al hogar y se lava el rostro, uno vuelve a ser mártir de esas imperfecciones patéticas. Una persona se maquilla con True Cover y al hacerlo se camuflea, se metamorfosea, se oculta. ¿Qué pasará cuando la vean en estado natural?

Así es la publicidad, así es el mercado, así es la posmodernidad, así es la vida y así somos nosotros. 

Usted, estimado lector fantasma, ¿qué opina?

jueves, 12 de abril de 2012

Gonzalo Rojas: latín, jazz, mujeres, fornicios y demás.



Olvidé por mucho tiempo la existencia del poeta chileno Gonzalo Rojas, hasta ayer. Ahora que lo he recordado y releído, comparto algunos poemas.

Latín y jazz

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo
en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles
en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas,
en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido
de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas
que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia
que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar
en que amarro la ventolera de estas sílabas.

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz,
el éxtasis
antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,
Catulo mío,
                   ¡Tánatos!


¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.


Retrato de mujer

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice  el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura. 


La loba

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.


Perdí mi juventud en los burdeles...

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.

Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.

Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.

Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.

Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.

A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.

Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
copiaban en vano tu hermosura.

Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.

No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.



Por último, dejo el que es quizás mi favorito aunque confieso que principalmente lo es por nostalgia (fue el primero que conocí).

El fornicio 

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, 
te turbulentamente besara, 
mi vergonzosa, en esos muslos 
de individua blanca, tocara esos pies 
para otro vuelo más aire que ese aire 
felino de tu fragancia, te dijera española 
mía, francesa mía, inglesa, ragazza, 
nórdica boreal, espuma 
de la diáspora del Génesis... ¿Qué más 
te dijera por dentro?
                                 ¿griega, 
mi egipcia, romana 
por el mármol?
                       ¿fenicia, 
cartaginesa, o loca, locamente andaluza 
en el arco de morir 
con todos los pétalos abiertos, 
                                               tensa 
la cítara de Dios, en la danza 
del fornicio?

Te oyera aullar, 
te fuera mordiendo hasta las últimas 
amapolas, mi posesa, te todavía 
enloqueciera allí, en el frescor 
ciego, te nadara 
en la inmensidad 
insaciable de la lascivia, 
                                      riera 
frenético el frenesí con tus dientes, me 
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo 
de otra pureza, oyera cantar las esferas 
estallantes como Pitágoras, 
                                          te lamiera, 
te olfateara como el león 
a su leona, 
                para el sol, 
fálicamente mía, 
                          ¡te amara!