sábado, 25 de febrero de 2012

All you need is love

Noche fría y lluvia.
Papeles viejos y café.
Una llamada teléfónica y...
la voz más dulce, suave, candorosa.

Amor. No necesitamos nada más.

Mi ma

Mi mamá es una mujer hermosa. Conozco a pocas personas con un corazón tan grande. Es increíblemente bondadosa y amorosa. Ahora que ya no vivimos juntas la extraño muchísimo. Algo raro: nuestra relación ha mejorado. Me encanta llamarle por teléfono a su trabajo y chismear un rato. Amo cuando la visito y me recibe con un abrazo fuerte y de verdad cariñoso. Me ama y se siente orgullosa de mí, aunque no merezco nada de eso. Me ama y cree que hago de mi vida algo bueno. Yo, su hija, soy floja, desidiosa, horrible. Pero mis padres, mis hermanos, mi mamá me inspiran a esforzarme por ser mejor.

Sé que el párrafo anterior es tremendamente cursi, trillado y lleno de lugares comunes... pero qué puedo hacer o decir. No estoy en mi mejor momento emocional. En estos momentos oscuros y frágiles sólo el amor me puede hacer sentir mejor, sólo personas como mi mamá me hacen sentir que puedo hacer algo bonito y útil con mi vida. Cuánto anhelo que un día diga "me siento orgullosa de ti, todo lo que hice por ti valió la pena porque eres justo lo que soñé que serías".

Te amo, mamá.

sábado, 18 de febrero de 2012

La fée

Hace unos días encontré un hada en la casa, otra vez. Todo mundo sabe que las hadas no existen y, sin embargo,  estaba allí. Sentada junto a la ventana, tomando los primeros rayos del sol y leyendo el periódico, tomaba una taza de café cargado. ¿Cómo supe que estaba cargado? Por el aroma: es inconfundible el aroma del café que prepara esa criatura. La miré y me miró. Nuestras miradas permanecieron fijas la una en la otra durante un par de minutos. Luego volvió la vista al periódico y yo fui a la cocina a prepararme el desayuno.
La sartén violeta estaba en la hornilla superior izquierda. Yo nunca la dejo ahí.  Había sobre ella tres panecillos franceses hechos con canela y sustituto de azúcar. Ya no había café en la cafetera. Puse más y mientras se preparaba freí un par de huevos. Me senté junto al hada.  Sentí el impulso de pedirle las secciones del periódico que no estuviera usando pero me detuve muy a tiempo luego de recordar lo que pasó en las pocas ocasiones que intenté hablarle: desapareció instantáneamente dejando en el ambiente un olor a leche quemada.
El hada no viene –o aparece– todos los días. Cuando viene no hablamos: nos miramos, a veces mucho y a veces poco; a veces ni siquiera la noto hasta que encuentro la sartén violeta fuera de su lugar y percibo el olor a café. No sé si siempre estuvo ahí y no la había visto. No sé si siempre está aquí y sólo la noto cuando prepara café. La primera vez que la hallé, estaba reclinada en mi sofá color burdeos. Lo único que recuerdo de ese momento es el olor a leche quemada y la canción en mi cabeza: “Moi aussi j’ai une fée chez moi…”. Siempre me he preguntado qué fue primero: el hada o la canción. No sé si una invocó a la otra, si llegaron simultáneamente o si fue una curiosa coincidencia.


Sigo mi vida normal y supongo que ella la suya. Aún no le he hablado a la gente de ella. Podría hacerlo en cualquier momento pero seguramente harían preguntas que yo mismo no puedo contestar. No sé por qué la llamo hada, si nunca la he visto hacer magia. No entiendo de dónde vino ni por qué me escogió a mí: ¿por qué yo, por qué mi casa, qué hay de especial aquí? No sé por qué no hablamos y desaparece si intento hacerlo. No entiendo de dónde viene el olor a leche quemada. Tampoco entiendo con exactitud quién o qué es. Podría dudar de su existencia y en consecuencia de mi cordura pero no puedo: si lo hago quedaría la incertidumbre aun mayor de quién se toma mi café. 

viernes, 17 de febrero de 2012

McDonalds®: odi et amo

Odio a McDonalds® porque lo amo. Me encanta® (sí, así como el slogan) cualquiera de sus hamburguesas. Lo que no me encanta es contribuir a su riqueza y sentir que soy la perfecta víctima de sus tretas mercadológicas.

Seriamente me he preguntado si mis gustos están influidos directa pero inconscientemente por la publicidad que a diario recibo. Es probable que así sea. Gran parte de un ser humano, incluidos sus gustos, está construido por la cultura en la que ha crecido. Entonces no es descabellado pensar que mis gustos estén influenciados por las miles de imágenes, slogans, canciones pegajosas, logos y demás que llegan a todos mis sentidos desde que he nacido. Quizás esa sea la razón por la que me gusta (me encanta) la empresa de comida rápida mencionada.

"Haiga sido como haiga sido" ya soy parte de sus consumidores. Uno de mis pequeños --literalmente pequeños-- placeres es comprar la cajita feliz (¿ésta también debe llevar ®?). Juguete más hamburguesa con queso, unas papas y un refresco sin exceso, por 49 pesos me parecía una compra razonable. Sin embargo hace unas horas me llevé una gran decepción al darme cuenta de que ahora dan las papas y el refresco mucho más pequeños de lo que ya eran. ¡Hasta parecen de juguete! También hay que mencionar que ahora la cajita feliz incluye una pequeña bolsa con gajos de manzana (que quizás ni siquiera forman media manzana). Las hipótesis al respecto son:

a) "Alguien" (léase alguna organización gubernamental relacionada con la salud) los obligó a hacer la comida más sana --ligeramente menos chatarra-- y ahora deben incluir frutas y verduras.

b) Decidieron por voluntad propia hacer más sano el menú con fines mercadológicos (expandir el mercado, venderse como empresa más sana, darle atole con el dedo a la gente y consolarlos por comer y dejar a sus hijos comer en ese lugar).

En cualquiera de los dos casos, para compensar los miles de millones invertidos en esas bolsitas de manzana, ahora hacen el resto de los componentes más pequeños.

Pero esta reducción no es exclusiva de las cajitas felices. Recuerdo que las Big Mac® también eran más grandes. ¿Qué pasó? McDonalds® es una de esas empresas que se puede jactar de mantener los precios aun en tiempos de crisis... a costa, claro, de reducir sutilmente el tamaño de sus productos. Pero es lógico que la gente salga pueda salir con hambre al consumir un paquete más pequeño, ¿cómo hacerle entonces para que sigan comprando? Muy fácil: aumentar la variedad de productos e introducir promociones. Entonces tenemos ahí los famosos combos (McTríos®) agrandados por menos de diez pesos, los complementos (que inlcuso pueden ser más hamburguesas) por doce pesos y la infinita oferta de postres y cafés para la sobremesa. Claro que cualquiera de estos productos que he mencionado se puede adquirir a un mejor precio si se compra un combo o incluso sólo si se compra uno. También hay que recordar que con la introducción de ensaladas expandieron el mercado de venta y con los desayunos, el horario.


Al final, McDonalds® siempre va a ganar --y sería tonto que no lo hiciera-- y los consumidores, ¿también? ¿De verdad me gusta su comida o sólo creo que me gusta? Da igual, supongo, porque seguiré comiendo de vez en cuando ahí y seguiré disfrutándolo aunque algunos días, como hoy, saldré decepcionada y contrariada. No sé si llegue el día en que puedan más mis razonamientos que mis ganas de comprar una cajita feliz. Ya les estaré contando.




PD. Y esto es sólo una pequeña pizca de lo analizable en un sistema de comida rápida que hace a sus respectivas marcas --y empresas-- ser tan redituables y... ¿deliciosas?