sábado, 18 de febrero de 2012

La fée

Hace unos días encontré un hada en la casa, otra vez. Todo mundo sabe que las hadas no existen y, sin embargo,  estaba allí. Sentada junto a la ventana, tomando los primeros rayos del sol y leyendo el periódico, tomaba una taza de café cargado. ¿Cómo supe que estaba cargado? Por el aroma: es inconfundible el aroma del café que prepara esa criatura. La miré y me miró. Nuestras miradas permanecieron fijas la una en la otra durante un par de minutos. Luego volvió la vista al periódico y yo fui a la cocina a prepararme el desayuno.
La sartén violeta estaba en la hornilla superior izquierda. Yo nunca la dejo ahí.  Había sobre ella tres panecillos franceses hechos con canela y sustituto de azúcar. Ya no había café en la cafetera. Puse más y mientras se preparaba freí un par de huevos. Me senté junto al hada.  Sentí el impulso de pedirle las secciones del periódico que no estuviera usando pero me detuve muy a tiempo luego de recordar lo que pasó en las pocas ocasiones que intenté hablarle: desapareció instantáneamente dejando en el ambiente un olor a leche quemada.
El hada no viene –o aparece– todos los días. Cuando viene no hablamos: nos miramos, a veces mucho y a veces poco; a veces ni siquiera la noto hasta que encuentro la sartén violeta fuera de su lugar y percibo el olor a café. No sé si siempre estuvo ahí y no la había visto. No sé si siempre está aquí y sólo la noto cuando prepara café. La primera vez que la hallé, estaba reclinada en mi sofá color burdeos. Lo único que recuerdo de ese momento es el olor a leche quemada y la canción en mi cabeza: “Moi aussi j’ai une fée chez moi…”. Siempre me he preguntado qué fue primero: el hada o la canción. No sé si una invocó a la otra, si llegaron simultáneamente o si fue una curiosa coincidencia.


Sigo mi vida normal y supongo que ella la suya. Aún no le he hablado a la gente de ella. Podría hacerlo en cualquier momento pero seguramente harían preguntas que yo mismo no puedo contestar. No sé por qué la llamo hada, si nunca la he visto hacer magia. No entiendo de dónde vino ni por qué me escogió a mí: ¿por qué yo, por qué mi casa, qué hay de especial aquí? No sé por qué no hablamos y desaparece si intento hacerlo. No entiendo de dónde viene el olor a leche quemada. Tampoco entiendo con exactitud quién o qué es. Podría dudar de su existencia y en consecuencia de mi cordura pero no puedo: si lo hago quedaría la incertidumbre aun mayor de quién se toma mi café. 

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